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Entretención

El bar clandestino de Al Capone con túneles para escapar de la policía

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domingo, 01 enero 2017 - 9:25 am

Las noches del Green Mill reunían a mafiosos, músicos, actores e incluso a agentes de policía corruptos

Gángsters, rufianes, estrellas de cine y músicos de jazz brindaban con champán y martinis en los más de 100.000 speakeasies (“bares secretos”) de EE.UU. que abrieron clandestinamente durante la vigencia de la Ley Seca en los años 20.

Para garantizar que el preciado líquido siguiese empapando los hígados, hubo que tomar medidas. “¿Contraseña?”, te dirían al llegar a un local que por fuera parecía cerrado. Si acertabas, más te valía que una vez dentro “hablaras bajito” (“speak easy”) o corrías el riesgo de aguar la fiesta.

Aunque, normalmente, no cabía ni una aguja y el griterío era desbordante.

La gente que bailaba y empinaba el codo en un famoso club de jazz de Chicago, estuvo a punto de ser pillada in fraganti en las muchas noches de invierno que siguieron a la aprobación de la ley seca en enero de 1920.

Ese club era el Green Mill, que vivió su época dorada bajo la dirección de Jack “Machine Gun” McGurn, un asociado de Al Capone.

El Green Mill, que había abierto en 1910, se erigió como la meca del jazz y por allí pasaron artistas de renombre como Billie Holiday, Ella Fitzgerald y Frank Sinatra. Pero cuando entraba el jefe de la mafia, la orquestra frenaba en seco y empezaba a tocar su canción favorita, “Rhapsody in blue”.

A Al Capone se lo podía encontrar de traje y corbata, rodeado de sus secuaces, siempre sentado en el mismo lugar, al final del bar. Así podía ver a cualquiera que entraba por la puerta, fuese amigo, enemigo o la policía.

De hecho, el club se mantenía abierto gracias a un buen soborno que había cerrado la boca de los agentes del orden. Pero por si las moscas, el bar tenía toda una infraestructura dispuesta para salvar el pellejo a los bebedores.

A través de una trampilla, se conseguía llegar a un montacargas de gran capacidad, para salir por patas en el caso que a la policía le diera por interrumpir la fiesta.

Tras bajar por el montacargas se accedía a las catacumbas del local.

Allí, una serie de túneles subterráneos servían tanto para escapar como para permitir que la bebida fluyera hasta la barra toda la noche. Adjuntos a los intrincados pasillos se encontraban varias salas privadas donde tenían lugar timbas de póker y otras apuestas ilegales.

Un mundo secreto bajo el alcantarillado donde la Ley Seca era un chiste y el único que mandaba era Al Capone.

Por: Rosa Molinero